# Fragmento 2 # 31.08.19 # RECIBIR CON LOS BRAZOS ABIERTOS

By La amatxu de Ager - 15:00

Una de los momentos que no esperas cuando has perdido a tu hijo es tener en brazos a otro bebé. Son incontables e inimaginables las emociones que se dan a un mismo tiempo; reaparece el miedo, ese que creías controlado; emana la alegría, porque un nacimiento con final feliz es siempre motivo para sonreír; pero también te asfixian la tristeza, la nostalgia, el vacío e incluso la rabia, de sentir y volver a (re)recordarte que tu hijo se fue y nunca volverá, y que si como yo no pudiste tenerlo en brazos, ya nunca podrás hacerlo. Y todas esas preguntas que creías semienterradas - ¿por qué yo?,  ¿por qué nosotros?, ¿por qué nuestro bebé? - se reformulan con mayor fuerza si cabe.

(vía bebesymas.com)
El pasado sábado 24 de agosto mi prima dio a luz a sus dos retoños, Libe y Gari; dos mellizos que en la semana 37 fueron evacuados del vientre de su amatxu porque iban muy justitos de peso y que, con menos de 2100 kg cada uno, están afrontando la vida extraútero como jabatos, sin incubadoras ni artilugios. Recibí la noticia el domingo y en un microsegundo afloraron en mí esos sentimientos simultáneamente. Me encontraba regresando de un viaje en coche y tuve que parar para poder estallar en un llanto incontrolable y dejarlo fluir. ¿Cómo se puede sentir alegría y rabia al mismo tiempo?, ¿Cómo manejar todo este dolor? Lamentablemente no hay un protocolo de actuación ante situaciones reales, únicamente hay que hacerlo lo mejor que puedas y confiando en ti misma.

Mi prima es como mi hermana pequeña; siempre he tenido un vínculo especial y un sentido de sobreprotección con ella. Dos días despúes, y ya mentalizada,  me puse el mundo por montera y fui al hospital a verlos. Lo confieso, pensé que no sería capaz y que según los viese tendría que salir de la habitación y marcharme. Mis brazos se quedaron vacíos esperando a mi niño y desde ese momento no había tenido en brazos a ningún otro bebé. Mi prima estaba en preaviso, mi primo también, y fue super bonito apoyarnos. Me dijeron "tranquila, somos casa", y eso fue un empujoncito más para decirme a mí misma "puedo con ello". Entré, me emocioné un poquito al ver sus cuerpos menuditos, sus manitas y sus piececitos de muñeco, y los ojos vidriosos y sonrientes de sus padres, pero ganó el amor, venció el cariño y pude cogerlos y disfrutarlos, hablarles bajito, tocarlos, mecerlos.. y así hubiese estado horas, en ese estado de calma, paz y quietud que solo transmiten los bebés.

Me fui orgullosa de ellos, de sus padres, y de nosotros mismos. Mi marido no los cogió, no se sintió confiado, y es que cada persona siente el duelo de una manera. Siempre hablamos desde la tesisura de madre, pero también el padre lucha con su batalla interna. Lo que está claro es que todos sentimos la pena de que los primitos no hubiesen jugado juntos de la misma manera que su amatxu y yo hicimos. Quién sabe, quizá algún día Libe y Gari se sientan orgullosos de tener un primito que brilla en el cielo.



Hoy hace cinco meses del parto, y aunque no puedo recordarlo, sí recuerdo el momento en el que desperté tras el quirófano. Mi marido le preguntó al ginecólogo la duración aproximada de la operación; dos horas si no había complicaciones, nos dijo. Según desperté de la anestesia instintivamente y aún no sé ni cómo, miré al reloj e hice el cálculo de cuánto tiempo había estado dentro. Después le pregunté al ginecólogo si se había podido salvar el útero (se pudo) y  después por una esquinita y dentro de toda mi confusión vi el rostro de mi marido observándome y me tranquilicé. Ya en mi box de reanimación intenté descansar, pero en el momento que le dijeron que tenía que marcharse me sentí doblemente vacía, y no pude dormir en 48 horas. Qué labor tan humana hacen las enfermeras, o al menos la mayoría de ellas; no solamente por la dedicación, si no por destinar también unos segundos a escuchar.


Y cinco meses después retorno a ese box y revivo cada instante, cada gesto. Ha pasado el tiempo pero sigo con los brazos vacíos.


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